Y se acabaron los exámenes. Después de todos esos días en los que pierdes la noción del tiempo y no sabes si es domingo o miércoles -porque en realidad todos son iguales: te despiertas, vas a la biblioteca (subes tres pisos), estudias, vas a preguntar al profesor (bajas tres pisos y subes tres pisos), vuelves a la biblioteca (subes tres pisos), te vas a casa, duermes y vuelta a empezar-, el periodo de exámenes se termina. ¡Y menos mal! Aunque aún no tengo los resultados, huelga decir que me dan lo mismo, llega un punto en el que sólo quieres terminar, y que salga como tenga que salir.
Lo que sí es curioso es lo que uno hace cuando está de exámenes. 
En un descanso durante los ratos de estudio, bajamos a por un café y con la mente frita nos dedicamos a juguetear con el aceite, el café y la sal (para deleite de turroncito). Éste es el curioso resultado fotografiado con el móvil. Desde luego, cuando las neuronas no dan para más, te maravillas con cualquier cosa.
Y después de los exámenes vienen las vacaciones -las pocas que tenemos algunos-, durante las que en realidad he disfrutado bastante. La primera parada se hizo en Tenerife, donde se perdió nuestra maleta, y nos dejó durante dos días usando la misma muda y sin poder disfrutar de playa, piscina ni nada por el estilo. Para colmo, cuando la maleta apareció estaba rota. Por lo menos nos han dado 100 euros para comprar unas mudas y al parecer nos arreglarán la maleta. La otra parte negativa es que nos quedamos sin excursión en catamarán a ver el acantilado de Los Gigantes, porque cambiaron la hora de recogida y no se nos avisó (mandaron un fax al hotel, que pasó olímpicamente de decirnos nada). Me hubiera encantado hacer esa excursión. En fin, al menos vimos el Teide, y subimos hasta la cima, donde me quemé -moreno agroman- y respiré bien de azufre. También pudimos pasear por el parque nacional (ahora patrimonio de la humanidad) de Las Cañadas del Teide, vimos las pirámides de Güimar y el Drago Milenario. El viaje estuvo muy bien. Por tener, tuve tiempo hasta de meditar en un cañón. Me sentí como Homer cuando se monta en la bomba atómica, jaja.

Según volví de Tenerife nos fuimos a Mil Palmeras con la gente de la facultad. Unos días de playa, frikismo y vicio bastante agradables, a pesar de las incidencias (quemaduras de tercer grado, sin hamburguesas de primera clase, torceduras de tobillo…). Lo hemos pasado muy bien, y eso que odio la playa. Creo que el motivo, además de la compañía ha sido que he podido dormir bien (cuando no duermo soy un tanto insoportable y se me amargan los días), así que estando bien despierto he podido disfrutar hasta de llevar a turroncito al ambulatorio. Puf, especial mención al helado de turrón de allí, que está con diferencia mejor que en Tenerife.
Y hoy, después de descansar agradablemente estos días, de vuelta al trabajo, a preparar los exámenes de septiembre, y al calor sofocante de Madrid. Durante las vacaciones, lo pasé tan bien que se me había olvidado que desde hace años que no tengo un verano de estudiante. Así que, hoy, de vuelta a casa, a la rutina, y otra vez que no.